Nombre: Friederike “Frieda”
Möersig.
Edad: 15
Fecha de nacimiento: 17 de marzo.
Signo del zodíaco: Piscis.
Lugar de procedencia: Berlín (Alemania)
Faltas por las cuales está en el reformatorio: posesión
y tráfico de drogas, incendiar el hall de su instituto a los 13, unas
cuantas palizas a compañeros de clase e incluso a algún profesor.
Carácter: padece trastorno bipolar, tan pronto puede
estar eufórica como deprimida, casi siempre pasando por la fase de
histeria aguda y furia descontrolada antes. A pesar de que se resiste a tomar
el medicamento que casi consigue controlar este trastorno, se reconoce como
adicta a él y, es más, si pasa un día sin probarlo, se
comporta todavía peor que de costumbre.
No sigue las reglas más que nada porque no entiende el mero concepto
de que existan, no le importa lo que los demás piensen de ella y prefiere
dedicarse a torturar al resto de internos que a hacer cualquier cosa “de
provecho”. Tiene la lengua muy afilada y es capaz de explotar los puntos
débiles de una persona hasta llevarla al límite y, de hecho,
disfruta haciéndolo.
Debido a su enfermedad es cambiante y voluble, las amistades no le duran un
segundo y por eso mismo la gente no confía en ella. Dependiente de
todo y todos hasta el punto de resultar insoportable, cualquier simple hecho,
por estúpido que parezca, puede hacerla dar saltitos de alegría
o sumirla en una profunda depresión. Sus ataques de ira son legendarios,
caracterizados por una perenne agresividad y el hecho de que siempre sale
alguien herido.
Tanto en la fase de euforia como en la depresiva, es pesimista, traicionera
y con tendencia a hacerse la víctima.
Descripción: ronda el uno setenta y, al igual que
su personalidad, su físico es variable. A causa de su adicción
a las pastillas para la bipolaridad, puede bajar o subir de peso con gran
facilidad y aparecer abundantes curvas donde antes sólo había
huesos.
Su pelo tampoco se queda atrás. Al ser muy manejable, es rara la semana
en que lleva la melena del mismo color o con el mismo peinado que la anterior.
Puede hacerse de todo en él: mechas, recogidos complicados, mil y un
tintes, ondas, rizos, liso como una tabla… todo depende del humor con
que se levante esa mañana.
Sus ojos son oscuros, cercados por largas pestañas, y parecen escrutarlo
todo intensamente, grabando cada detalle, por ínfimo que sea, en su
memoria. Tiene los labios carnosos y la nariz, grande, que rompe la monotonía
de su rostro. Suele lucir una leve sonrisa sin razón aparente.
En cuanto a su forma de vestir, prefiere los pantalones a las faldas y, dentro
de éstos, los que son muy bajos de cadera, a poder ser de campana.
Haga frío o calor, suele llevar camisetas que enseñen los hombros
o con escote pronunciado, y botas, siempre botas.
Es propensa a coger todo tipo de enfermedades, razón por la que siempre
va envuelta en mil fulares y bufandas. Tiene por costumbre usar varios pares
de calcetines a la vez, ya que también es muy friolera.
Historia: nacida y criada en una familia de clase media-baja
en los suburbios de Berlín, la droga fue una compañera de juegos
más para ella ya desde pequeña. Comenzó a coquetear con
ellas a la edad de doce años gracias a su hermana, Helga, a la que
sus padres internaron en un centro de desintoxicación cuando tenía
dieciséis (cinco más que Frieda). Pero no duró mucho
allí, ya que se suicidó a los dos meses de llegar.
Este suceso marcó profundamente la vida de Frieda, cambiándole
profundamente el carácter, que ya se veía afectado por su trastorno
bipolar. Dejó de asistir a clase y empezó a juntarse con malas
compañías, a probar drogas y alcohol y a ganarse la fama de
zorra que desde entonces le precede siempre.
Familia: sus padres, Angelika, enfermera, y Dietrich, electricista,
actualmente prefieren hacer como si su estancia en el reformatorio fueran
unas meras vacaciones. Tenía una hermana, Helga, cinco años
mayor que ella, que se suicidó hace cuatro. Helga es la causa por la
que Frieda comenzó a consumir drogas.
Curiosidades: se engancha a las cosas con suma facilidad,
ya sea juegos, personas, bebidas, comida o drogas nuevas.
Debido a sus frecuentes estallidos de rabia incontrolable, la dirección
del centro no le permite tener mascotas, a pesar de que ella pide una periódicamente
(en particular, quiere un conejo).
Cuando le preguntan acerca de su pasado, se cierra en banda y se limita a
lanzar una mirada furibunda a su interlocutor, lo que, en la mayoría
de los casos, los hace desistir. Si no, los convence de dejarse de preguntas
estúpidas con la fuerza.
Antes solía ir con un bate de béisbol a cuestas a todas partes,
según ella para protegerse. Hace un tiempo que se lo confiscaron; lo
que no saben es que lo robó del armario donde lo habían escondido
y ahora lo guarda bajo el colchón de su cama.
A diferencia de su hermana, y llamando la atención de todos los psicólogos
que hasta ahora la han visto, no manifiesta tendencias suicidas, cosa que
no impide que no le dejen tener navajas u otros objetos punzantes o cortantes.
Cuando el resto de internos quieren molestarla o picarla, le esconden sus
pastillas para la bipolaridad: no hay cosa que la saque más de sus
casillas.